Elefante muerto

La Universidad de la República (la estatal, la que todos los uruguayos financian con sus impuestos aunque la inmensa mayoría de ellos no sepan dónde está, ni qué hace, ni qué tiene que ver con sus vidas personales) es una catástrofe que el Uruguay arrastra como un elefante muerto desde hace décadas. Un barril sin fondo que —con pocas y honrosas excepciones— dilapida sin asco enormes recursos de la sociedad para sostener una burocracia inútil, oficinas sobreabundantes, edificios ruinosos, profesores mal remunerados y de baja calidad, estudiantes eternos, egresados que no saben escribir y el archiperimido paradigma de “m’hijo el dotor”.

Esta verdadera “herencia maldita” que todos los gobiernos reciben cuando se instalan permanece fuerte y enhiesta merced a un férreo corporativismo que la dirige en función de dogmas acabados en el mundo y preconceptos antidemocráticos. Se trata de algo así como una anciana gorda, anticuada, autoritaria y soberbia, que aún tiene el descaro de reclamar para sí la vigilancia de todo aquello que la ponga en evidencia, sin aceptar que alguien de afuera la controle a ella. A pesar de vivir de lo que recibe de la sociedad, actúa a sus espaldas y siempre le pide más. Ni siquiera un presidente tupamaro con vocación reformista parece estar pudiendo cambiar este abuso intolerable, sobre todo respecto a los más pobres.

La ineficacia e ineficiencia de la Universidad de la República le impide, claro está, siquiera figurar en los rankings de las mejores universidades del mundo. No compite. Y a quienes la dirigen, esa competencia no les interesa un rábano. “Siempre habrá presupuesto para nosotros”, piensan, mientras ensayan o enuncian pequeñas “transformaciones” de forma “para llenar el ojo” y dejan inmutables las esencias que la han arruinado.

Tomado del artículo titulado “El coraje que falta” por Claudio Paolillo. “Búsqueda” en Facebook.


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