“Atraaaasssss”: el lado duro del mostrador

El gobierno acaba de enviar al Parlamento su proyecto de Ley de Presupuesto. Y por todos lados llueven, como cada cinco años, reclamos de los sindicatos que agrupan a los funcionarios públicos. Todos quieren ganar más, haciendo lo mismo y, si se puede, algo menos.

La izquierda enfrenta ahora, en el gobierno, los mismos fuegos que antes avivaba en sus tiempos de oposición. Y estos cambios suponen, como todos en la vida, aprendizaje. Desde su llegada al gobierno, la izquierda ha tenido oportunidad de apreciar que no todo lo que se reclama desde la oposición se puede hacer cuando se llega al gobierno.

Una cosa es ponerse al frente de todos los reclamos salariales, provengan de donde provengan, y otra ser quien tiene que financiarlos, viendo que el dinero no da y por más que uno se esfuerce, todos quedarán insatisfechos.

Una cosa es decir que el día en que uno llegue al gobierno va a eliminar las AFAP y a terminar con el sistema previsional mixto. Y otra, bien diferente, ser quien gobierna y ver que el sistema funciona bien, y que por encima de eventuales ajustes y mejoras siempre bienvenidas en cualquier orden, debe ser mantenido y puesto a salvo de fundamentalismos.

Una cosa es despotricar contra la inversión extranjera. Y otra entender que hay que salir a buscarla desesperadamente, con inteligencia y con creatividad, porque el país necesita de ella para crecer y dar empleo y oportunidades.

Una cosa es decir que no hay que privatizar y otra entender, ya en el gobierno nacional o departamental que no sólo no hay que combatir las asociaciones público-privadas, sino que hay que propiciarlas con regímenes claros y eficaces.

Una es ver a los empresarios como malos de la película y otra entender que sin empresarios, como sin trabajadores, no hay país posible.

Una cosa es pararse a señalar con el dedo a los demás por incurrir en actos reñidos con la honradez administrativa y otra comprender que esos comportamientos reprobables existen en todos los gobiernos, y que deben ser siempre reprimidos y castigados con la dureza que merecen, sin creerse el cuento que un partido puede tener el monopolio de la honestidad.

Tomado del artículo “El Otro Lado”. La Columna de Pepe Preguntón. “El País”, 08-09-2010


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