La parodia del cambio climático

Con 20,000 delegados, activistas y periodistas viajando en avión hasta Copenhague con destino a la última oportunidad de la Tierra, las emisiones contaminantes derivadas de la cumbre del calentamiento van a ser la única consecuencia de importancia de la cumbre del cambio climático. Sus organizadores tenían las esperanzas puestas en que pudiera dar lugar a límites vinculantes de emisión, un sistema tributario global para redistribuir billones de dólares y control administrativo sobre las elecciones de todo hijo de vecino.
China, experta en la política de apariencias característica del terreno negociador del cambio climático, promete sólo reducir su “intensidad de emisión contaminante” – las emisiones contaminantes liberadas a la atmósfera por unidad de producción. Así que las emisiones de China crecerán.
Barack Obama, entendiendo el histrionismo imprescindible en los debates sobre el cambio climático, promete que las emisiones estadounidenses en el 2050 se situarán un 83 por ciento por debajo de los niveles de 2005. Si es así, las emisiones en 2050 serán las mismas que en 1910, cuando había 92 millones de estadounidenses. Sólo que en 2050 habrá 420 millones, de manera que la promesa de Obama significa que las emisiones per cápita rondarán pues las de 1875. Eso-no-va-a-pasar.
La divulgación de los correos electrónicos de la Unidad de Investigación del Clima en Gran Bretaña – entidad colaboradora del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas – pone de manifiesto la voluntad de ciertos científicos de ocultar o maquillar datos y manipular el proceso de revisión cotejada y la publicación de trabajos científicos. Los materiales de la Unidad también evidencian la paranoia por parte de los científicos convencidos de que intentando inventar “el consenso” y alertar del calentamiento, constituyen una minoría valiente y en conflicto. En realidad, nunca antes en la historia en tiempo de paz el conglomerado académico-mediático-gubernamental ha estado tan férreamente apoyado propagandísticamente hablando en ninguna materia.
The Washington Post extrae una extraña lección de los materiales de la Unidad de Investigación del Clima: “Los científicos del clima no deben dejarse incitar por la irresponsabilidad de los revisionistas a exagerar las certezas de una rama compleja de la ciencia o, lo que es peor, censurando el debate de las mismas”. ¿Estos científicos exageraron y censuraron porque fueron “incitados” por el escepticismo?
Si sus investigaciones fueran tan inmunes al ataque como ellos insisten que son, y si el consenso fuera tan generalizado como ellos dicen que es, y si fueran tan valientes como ellos dicen que son, no se verían “incitados” a cometer actos de corrupción intelectual. Tampoco coquetearían rimbombantemente con el término “revisionistas” para desprestigiar al escepticismo que asombra a los comulgantes de la religión del calentamiento global.
Los que son escépticos con las estridentes certezas concernientes al calentamiento catastrófico provocado por el hombre son escépticos porque el cambio climático es constante: Desde milenios anteriores al Período Cálido Medieval (del 800 al 1.300), durante toda la Pequeña Edad de Hielo (1.500 a 1.850) y durante milenios desde entonces, el cambio climático siempre ha sido una certeza que nadie cuestiona. Los escépticos dudan de los modelos de los científicos, que no pudiendo explicar el presente van a pronosticar de manera infalible el futuro distante.
La peculiar respuesta del Financial Times a los materiales de la Unidad de Investigación dados a conocer ha sido: el motivo científico de alarma con el calentamiento global “se vuelve cada vez más convincente y no menos”. Si es así, entonces ¿hay algo capaz de hacer menos convincentes las razones científicas? Un correo electrónico de la Unidad de Investigación del Clima reza: “El hecho es que no podemos explicar la ausencia de calentamiento en la actualidad” – estando esta “actualidad” en su segunda década – “y es una aberración que no podamos”.
La aberración reside en la arrogancia intelectual de los creadores de los modelos de cambio climático basados parcialmente en la problemática praxis de proyectar cambios del clima con anterioridad a obtener los datos. Basándonos en esos modelos se supone que vamos a apostar billones de dólares – y recortar drásticamente las libertades.
Ciertos expertos del clima acompañan sus delirantes ideas de adecuación intelectual con complejos mesiánicos. Parecen suponerse un escogido un grupo de depositarios de la verdad más acuciante descubierta nunca. De él, y de ellos por extensión, depende el destino del planeta. De manera que algunos de ellos consideran virtuoso retocar datos, exagerar certezas, excluir los valores inconvenientes y manipular el proceso de revisión cotejada con el fin de censurar la disidencia académica y, por encima de todo, anunciar que el debate está cerrado.
Piense en la sociología de la ciencia, el tira y afloja de intereses, incentivos, apetitos y pasiones. Las tentativas de los gobiernos por manipular las temperaturas de la Tierra suponen hoy una de las industrias más extendidas del mundo Se reparten decenas de miles de millones de dólares, como hace el Departamento de Energía de los Estados Unidos, que de la noche a la mañana se ha convertido en la práctica en una enorme firma de inversión de capitales dedicada a especular en el mercado de tecnologías ecológicas. El prestigio y la prosperidad política, comercial, académica y periodística pueden depender de no romper el consenso (anunciado) que impulsa la mastodóntica y fabulosamente lucrativa industria de la lucha contra el calentamiento global.
Copenhague es el colofón de las maniobras post-Kioto realizadas por gente decidida a corregir el clima del mundo a base de someter a la población del planeta – a los habitantes de América en especial – a la supervisión cada vez más asfixiante de los gobiernos. Pero Copenhague también es el prólogo a la cumbre del cambio climático de 2010 de Ciudad de México, que será la última oportunidad del planeta Tierra, hasta que llega siguiente.
Fuente: “The climate-change travesty” por George Will. “The Washington Post”, 06-12-2009.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: